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TRES HOMILÍAS

Calendario Primera Homilía del 26.05.2019

P. Tobias Keßler cs

Con la iglesia es un poco como con el mercado, ¿verdad? Yo soy el vendedor y Ustedes los clientes, los consumidores. ¡No! Si eso pasase en la Iglesia, ya no se trataría de Iglesia, porque en la Iglesia todos tenemos el llamado a ser protagonistas: con el bautismo y la confirmación hemos recibido una misión.
Queridos hermanos y hermanas: en un primer momento yo había pensado en proponer un retiro de Pentecostés, como el del año pasado. El problema es que en un retiro solo están presentes 40/50 personas a la vez. Y, como me gustaría profundizar el tema de Pentecostés con toda la comunidad, he decidido proponer una secuencia de tres homilías. Se trata de una iniciativa que contiene una propuesta concreta; y pido al Espíritu Santo que me ilumine a mí que hablo, y también a ustedes que me escuchan.

La propuesta

La propuesta es que al final recemos una vez al mes el Padre nuestro en alemán, o primero en alemán y después en español -eso aún lo podemos ver-. ¿Cómo lo he pensado? Para darnos el tiempo de aprender el Padre nuestro en alemán, durante al menos 10 semanas yo lo rezaré cada vez en un idioma distinto, y seguidamente lo rezaremos juntos en español. El gesto de rezar esta oración en otro idioma, nos recuerda que somos parte de la Iglesia universal.
He preparado unas tarjetas con el Padre Nuestro en un lado, y el Ave María en el otro, ambos en alemán. Así lo podemos leer y practicar, por ejemplo cuando estamos viajando en el tranvía, o esperando en una fila, etc. Los monaguillos las distribuirán a la salida del templo.

Posibles malentendidos

A partir de mi propuesta pueden surgir varios malentendidos. ¿Por qué razón nos hace el padre esta propuesta? ¿A dónde quiere llegar con esto? ¿Tiene alguna intención escondida por debajo? ¡Sabemos que es alemán!
Dados estos posibles interrogantes, antes de empezar quiero decirles quién soy, y resumir mi posición acerca del tema de la migración, la Iglesia, la integración y las comunidades de otra lengua materna.

¿Quién soy yo...?

Nací y crecí en Ulm, en el sur de Alemania. A la edad de 23 años entré en la congregación de los Misioneros Carlistas, o "Scalabrinianos" (véase www.scalabriniani.org/es/), una congregación fundada por Giovanni Battista Scalabrini (1849-1905), obispo de Piacenza (Italia), con el objetivo de acompañar a los migrantes. Mientras al principio la congregación se ocupó ante todo del apoyo espiritual y social a los emigrantes italianos, desde los años sesenta, de acuerdo con la intención del fundador, se dedica a los migrantes sin importar su origen, tanto católicos como también de otra confesión y/o religión, como es el caso de los refugiados.
Es ante todo por ser misionero scalabriniano que, aun siendo alemán, trabajo aquí en la misión católica de lengua española, y lo hago con mucho gusto.
Viví 10 años en Italia y un año en Portugal. Soy extranjero en mi misma congregación, por ser el único alemán (aunque ahora mismo hay dos padres con pasaporte alemán -uno de los cuales es el P. Andrés, a quien ustedes conocen-). En el noviciado estuvimos tres italianos, un americano de Estados Unidos, cinco filipinos y yo. En la teología éramos unos treinta estudiantes de muchas nacionalidades y culturas diferentes. Como sacerdote he vivido con italianos, con un colombiano, un mexicano y dos brasileños. He aprendido mucho acerca de la convivencia en la diversidad; no siempre ha sido fácil, y yo mismo he cometido muchos errores; sigo aprendiendo mucho, también aquí en la misión. Ese tipo de vida me ha marcado y me ha cambiado -no me siento más pobre, sino muy enriquecido-.

¿Cual es mi posición acerca de la migración, la Iglesia, la integración y las comunidades / misiones de otra lengua materna...?

Según mi forma de pensar, me siento hijo de nuestro fundador. Aunque la idea de las misiones como comunidades de migrantes no es de Scalabrini, él fue en todo caso uno de los principales protagonistas en el trabajo a favor de las misiones. Él dijo que una planta, para echar raíces en otra tierra, necesita un poco de su tierra de origen.
Eso siempre me recuerda el cuento de un hombre portugués que emigró a Francia: en los dos países se cultiva vino; y él contó que, al dejar Portugal, se llevó consigo una vid. Insistió en afirmar que nunca cortó las raíces que habían crecido en Portugal. Plantó la vid en su jardín en Francia, sin podar las nuevas raíces que la vid echó en la nueva tierra. Al final, todos le preguntaban si su vino era portugués o francés ... Y él decía que la gente que pregunta eso no sabe nada de la migración pues, de hecho, se trataba de un vino nuevo que no existía ni en Portugal ni en Francia. Y él afirmaba que la historia de la vid era la historia de su propia vida: él era portador de una novedad, y añadió que respecto a su propia vida, la vida de sus hijos llevaría un fruto aun más diferente.
La preocupación de Scalabrini era el apoyo a los migrantes, para que no pierdan la fe de sus padres. ¡Por eso las misiones son importantes! Y él denunciaba también las injusticias que acompañaban -y acompañan- las migraciones, hasta hoy en día. Al mismo tiempo, Scalabrini tuvo una visión de fe cristiana sobre la migración: más allá de ser una necesidad política o económica, desde la perspectiva de este obispo la migración es parte del designio de Dios, de formar de todos los pueblos un solo pueblo. Por todo lo que hizo en favor de los migrantes, motivado por esta visión, el bienaventurado Giovanni Battista Scalabrini recibió el título honorífico de "padre de los migrantes".
La vida de muchos migrantes está marcada por dolores: la pena de la separación, el sufrimiento por tantas injusticias, la falta de comprensión, las discriminaciones, etc. Desde una visión de fe, estos dolores resultan "los dolores del parto de una nueva humanidad". Y los migrantes tienen un llamado muy específico -el llamado de molestar (stören) -. Es Dios que por medio de los migrantes cuestiona la sociedad del bienestar. El migrante con su presencia y su diversidad, cuestiona el sistema en vigor. Es lo que también hizo Jesús: tocó a los "impuros", y cuestionó la ley del sábado y todo lo que no era humano.

¿Como entiendo yo la integración?

Dios nunca se repite: Él creó cada criatura diferente y, a nivel de grupos humanos, permitió que haya diversidad de lengua y de cultura. La diversidad en la creación, según la fe cristiana, es reflejo de la diversidad en Dios. Existe, por lo tanto, algo así como un derecho divino a la diversidad; y, en el caso nuestro, un derecho del migrante a no ser absorbido por la mayoría. Igualmente, existe el derecho de los autóctonos (es decir los originarios del país al que llegamos), a pensar y permanecer diferentes.
Ante todo, la integración no es algo que pasa entre el individuo que llega y la sociedad que "acoge"; no es adaptación unilateral, ni es asimilación. La integración es ante todo un proceso interior en la persona que llega: es la construcción, muy individual, de una nueva síntesis entre lo que la persona trae y lo que encuentra.
Entender la integración de esa forma significa renunciar a presionar al migrante para que se adapte, y aceptar que de ese proceso nazca algo nuevo (¡recordemos el cuento del migrante portugués!); significa renunciar a la ideología de una sociedad o Iglesia homogénea, y aceptar que haya diversidad, y que la sociedad y la iglesia se pluralicen.

Mi posición acerca de las misiones

En la iglesia en Alemania existe una discusión acerca de las misiones que es paralela a la discusión pública sobre las asociaciones de los inmigrantes. Según una opinión, la existencia de las misiones no favorece la "integración" sino la segregación (es decir, la separación). Ante esta posición, algunos sociólogos han mostrado que la situación no es tan fácil como parece; de hecho, dichas asociaciones -como también las misiones- han ayudado y ayudan mucho a la "integración". Y, si por integración -según lo que escribí arriba- se entiende la construcción de una nueva síntesis entre lo que uno trae y lo que encuentra, las misiones resultan necesarias como lugares en los que el migrante pueda continuar cultivando los valores y las costumbres que trajo.
Los que acusan a las misiones de generar segregación, muchas veces se basan en un concepto de integración igual al de "asimilación". No entienden que muchos de los feligreses que prefieren vivir su fe en las comunidades de otra lengua materna, pueden resultar bien "integrados": muchos hablan bien el alemán, tienen casa y un buen trabajo, los hijos frecuentan la escuela con éxito etc. Estos van a la misión, no para segregarse, sino justamente por motivos de integración; es decir, para cultivar no solo lo que encontraron, sino también lo que trajeron.
Además, los que ven a las misiones como algo superado y superfluo, en general ignoran la grande dinámica interior presente en las comunidades de otra lengua materna. De hecho, los recién llegados pueden contar allí con el apoyo de personas que llegaron antes, y que ya tuvieron tiempo para formar su síntesis personal o de familia.
Desde el punto de vista teológico, las comunidades de otra lengua materna nacen de un impulso misionero que lleva a la Iglesia a prestar especial atención a las necesidades específicas de sus feligreses. La creciente variedad presente en la iglesia local es, ante todo, expresión de su catolicidad.
Es verdad que la palabra "católico" literalmente significa "en contacto con la totalidad". Donde hace falta ese contacto, los críticos de las misiones tienen alguna razón. Dicho con otras palabras, la catolicidad aparece no tanto en la diversidad vista por si misma, sino en las diversidades en comunicación. De todas maneras no se puede decir que la falta de comunicación sea culpa de las misiones. Es una cuestión de reciprocidad. Además, en este discurso hay que tener en cuenta que la relación hasta hoy en día sigue asimétrica, pues las misiones no están al mismo nivel de las parroquias.
Finalmente y justo por eso, las comunidades de otra lengua materna tienen el llamado a "molestar", y a ser un correctivo para la Iglesia alemana. Estas comunidades tienen en general otra visión de la Iglesia, y eso les lleva a cuestionar el sistema en vigor. La presencia de modelos alternativos implica, para cada uno de los grupos involucrados, un desafío que tiene calidad teológica. Se trata de un desafío saludable, que hace parte del plan de salvación y que permite a cada uno crecer y desenvolver la identidad que Dios pensó para él, la cual es al mismo tiempo irrepetible e insustituible.

La pluralidad crece: no hay solo migrantes y autóctonos...

Con los que llegan, la pluralidad de la iglesia local crece y la distinción entre migrantes de una lado y autóctonos del otro lado ya no es suficiente: hay cada vez más jóvenes que nacieron aquí, y también cada vez más parejas mixtas. Estos en general no se sienten ni completamente españoles, latinoamericanos, bolivianos, peruanos, hondureños..., ni completamente alemanes: ellos llevan en si mismos una nueva identidad, que cuestiona la división entre comunidades de autóctonos y comunidades de otra lengua materna. Las parejas mixtas y estos jóvenes, cumplen el papel de profetas; es decir, muestran por dónde va el camino de una Iglesia que quiere ser misionera: esa Iglesia necesita abrirse a las nuevas diferenciaciones, para poder acoger de verdad a todos.
¿Cómo lo podemos lograr? El primer paso consiste en una apertura simbólica. La liturgia es altamente simbólica. Es con los símbolos y con los gestos que se logra expresar lo que de otra forma sería indecible. Para mostrar a los demás y a nosotros mismos que estamos dispuestos a crecer como católicos, no es necesario celebrar la misa en dos idiomas. Es suficiente un gesto simbólico, y nada se adapta mejor a ello que rezar de vez en cuando el Padre Nuestro en el idioma del lugar. Es la oración que Jesús nos enseñó y que nos abre a los otros, porque ninguno puede dirigirse a Dios como Padre, sin reconocer en ese momento que somos todos hermanos.

¿Qué visión de la Iglesia nos puede guiar?

El Concilio Vaticano II redescubrió que la iglesia está llamada a ser imagen de la Santísima Trinidad. En otras palabras, como feligreses que forman el pueblo de Dios, somos llamados a amar a los demás con el mismo amor con el que se aman el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ellos son distintos, pero nunca están desconectados. Lo mismo vale para nosotros: no puede haber comunión sin comunicación, y sin que esa comunicación nos cambie a todos. Las diferencias entre las personas, como también entre las culturas, son el motor de la vida que no puede parar, sino que o crece o muere. Por eso, mientras el llamado del autóctono frente a los que llegan es el de dejarse molestar y empezar a moverse, el llamado de los que llegan es el de no parar. El contexto de la migración es verdaderamente favorable para que se manifieste la catolicidad de la Iglesia; una catolicidad que nunca puede ser estática, sino siempre dinámica.
Que el Espíritu Santo nos mantenga en movimiento, para que sepamos responder al llamado de molestar y dejarnos molestar, que al final es el llamado de crecer en la capacidad de amar como Jesús nos amó. Amén.

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