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TRES HOMILÍAS

Calendario Segunda Homilía del 02.06.2019

P. Tobias Keßler cs

Queridos hermanos y hermanas,
para seguir con nuestra reflexión en preparación de la fiesta de Pentecostés, he escogido como primera lectura el cuento de la construcción de la torre de Babel.

La enseñanza de Babel

Durante muchos siglos, los teólogos interpretaron la intervención de Dios exclusivamente como castigo. Esto llevó a ver la diversidad de lenguas - a su vez símbolo de la diversidad en general - como la consecuencia de un castigo y, por tanto, como algo negativo. Esta interpretación se refleja incluso en el misal. En el prefacio de Pentecostés se lee:
En verdad es justo y necesario [...] darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno. Pues, para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espi?ritu Santo [...] que congrego? en la confesio?n de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas.
Sólo desde que la teología empezó a reflexionar sobre el fenómeno de la migración, los exegetas se dieron cuenta que en el texto de Babel existen dos perspectivas opuestas: la perspectiva de los protagonistas y la perspectiva del narrador. Uno de los indicios es que existen dos interpretaciones del nombre de la ciudad: Bab-El, en la lengua accadica de los constructores significa "puerta hacia Dios", mientras el narrador interpreta el significado de Babel como "confusión", cuando escribe: "Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra". Para abreviar la historia, la intervención de Dios es castigo solamente para los protagonistas de la construcción que querían llegar al cielo y con eso substituirse a Dios. Pero hubo otro grupo allí, el grupo de los oprimidos que tenían que construir la torre. Un rabino escribe en su interpretación: "cuando la torre ya fue bastante alta, si se cayó un ladrillo y se quebró, todos quedaron amargados, porque para terminar el proyecto se necesitaban todos los ladrillos disponibles. Pero si se cayó un trabajador y se murió, no prestaron atención, porque hubo mucha disponibilidad de trabajadores." A la luz de esta interpretación, el sentido del primer versículo cambia. La afirmación de que "toda la tierra hablaba la misma lengua con las mismas palabras" ya no es una simple declaración, sino expresión de una imposición ilícita por parte de unos tiranos. Todos tenían que ser semejantes como los ladrillos entre ellos. La intervención de Dios representa la crítica teológica del sistema en vigor. Solo para los protagonistas la intervención divina es castigo, para los demás significa liberación. En esta perspectiva, la diversidad de lengua y de cultura ya no es un castigo, sino expresión de lo que Dios siempre quiso. Él quiere sí la comunión, pero no a expensas de la diversidad. La unidad que Dios propone no es uniformidad. Nos puede ayudar la imagen de un rompecabezas en que no hay pedazos iguales, pero todos juntos forman un cuadro, bajo la condición que cada parte encuentre su propio lugar. Otra imagen podría ser la de un concierto en que tantas voces y instrumentos diferentes producen una harmonía. O aún los pájaros volando en formación, cada uno ocupando su lugar ...

Un solo cuerpo

Para expresar esta idea, la segunda lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1 Corintios 12,3b-7.12-13) utiliza la imagen del cuerpo que tiene tantos miembros diferentes. "En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común." Todos somos llamados a formar un solo cuerpo, que es el cuerpo de Jesucristo: él es la cabeza y nosotros formamos los miembros. Parece una respuesta al problema de Babel: no todos iguales, sino todos diferentes, cada uno con su llamado específico en su propio lugar.

Dos tipos muy diferentes de ascensión ...

Estamos celebrando la fiesta de la ascensión de Jesús. Los protagonistas de Babel también tenían la intención de ascender al cielo, pero no lograron. Jesús logra ascender. Donde está la diferencia? Primero, la ascensión de Jesús no se dirige contra Dios. Jesús siempre actuó en comunión con el Padre. Segundo, antes de subir al cielo, Jesús bajó, y bajó hasta la muerte en la cruz. Lo leemos en la carta de San Pablo a los Filipenses, cuando dice del Hijo:
"siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!" (Fil 2,6-8).
El amor con el que Jesús amó al mundo y a los suyos hasta el extremo se convierte, por así decirlo, en el trampolín de su ascensión al cielo. El deseo de subir al cielo es muy humano y es bueno. Pero la ascensión sigue la lógica del amor divino y no se realiza por un esfuerzo humano o por imposición, sino a través de una entrega sin cálculos. ¡Es bajando que se sube!

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